Lanzados a la aventura de una segunda edición de Tauca, queda atrás la ansiedad del inicio de la travesía: la emoción de los autores al presentar el primer libro. Neruda recuerda que sintió una “embriagadora sensación” cuando recibió –al pie de la imprenta- su Crepusculario. “Ese minuto en que sale fresco de tinta y tierno de papel el primer libro, ese minuto arrobador y embriagador –escribe el poeta- está presente una sola vez en la vida.” Después, hay que hacerse cargo de la creatura. Acompañarla. La paternidad responsable de Tauca está asumida por Gonzalo Pardo, por el guión y textos; y Rafael Nangarí, por las ilustraciones.
Que sea el primer libro es muy relevante, en este caso, porque es el primero de una serie. Editorial y artísticamente es el inicio de la ejecución de un proyecto que, a mi juicio, tiene provocadores desafíos. Por ello siento que esta es la presentación de una presentación, porque estamos ante un relato de largo aliento. La presentación de una presentación de un código, un paisaje, un personaje, que tienen toda la fantasía austral por delante.
El soporte elegido se aleja de las convenciones o –dicho de otra manera- reúne convenciones diversas en un solo sistema donde las fronteras entre los géneros son difusas: cuento, historieta, libro-álbum ilustrado, se potencian en un solo producto, en este relato gráfico literario en busca de lectores dispuestos a captar y a disfrutar de la poeticidad que encierra la hibridez y a dejar por un rato el hábito de “tratar por separado” las formas específicas.
Tanto la modalidad del relato como la fantasía austral convocada en él implican el despliegue de un código, la invitación a compartir como una experiencia común ciertas claves de un imaginario desconocido, que permita entrar a la saga que rescata y divulga una lengua extinta. Fascinante el desafío asumido y ardua la tarea de inducción y de encantamiento que debe lograr el primer libro de la colección. Dificultad ya salvada en la industria cultural, por ejemplo, por El Señor de los Anillos o Harry Potter donde el lector -digamos también: “el consumidor”- cuenta con un código básico para acceder, adquirido del conocimiento de una cultura ampliamente difundida y la atmósfera promocional que nos familiariza con los mundos de esos libros (que son parte de amplias operaciones de mercadotecnia, que incluyen películas, publicidad, merchandising, etc.). Aunque no leamos el libro, es difícil no enterarse de qué trata, por ejemplo, Harry Potter.
En Tauca, la era de Hay´n se despliega un código desconocido, novedoso y antiguo a la vez, para iniciar una hermosa aventura cultural: hacerse cargo de una mitología en busca de reinvención, que puede ser compartida como una fantasía épica del antiguo nuevo mundo: ese territorio, ese viento, ese perfume, que ya existía antes de ser descubierto. Más que el rescate de una lengua extinta, se transmite la intuición de que existe. Al menos en una memoria fantástica. Ignorada, enterrada, desconocida. Que está en el viento, que está en las imágenes de los selknam con sus cuerpos pintados; y que el anclaje de la oralidad y el imaginario es posible plasmarlo en texto e iconografía. Es decir, puede haber narración fantástica latinoamericana porque hay elementos para su desarrollo verosímil como fantasía. Hay escenario: un marco natural sugerente dispuesto a ser habitado por la aventura; hay mitología e historia: el humus legendario fértil para el desarrollo de personajes y relatos; y hay una sociedad contemporánea que enfrenta un proceso de globalización y distinciones, donde el valor del imaginario propio cobra una importancia inédita.
Ante la uniformidad inevitable de lenguajes, surge la avidez por tener una historia originaria fantástica y aferrarse al reflejo de una identidad remota, soñando con un relato común que nos haga productos de una leyenda propia: ser de los confines. Como Tauca, el niño selknam. De los lejanos confines. Somos de ahí. Tenemos la voluntad de ser de ahí. Creemos que somos de ahí. Lo exótico ancestral es atractivo para completar las biografías inconclusas. La locación está dada. El paisaje austral, silente y solitario es un escenario dispuesto que estaba esperando su aventura: el regreso o la invención de sus fantasmas, los aparecidos de nunca, las imágenes latentes que aparecen desde los espejos de agua habitando el paisaje-escenografía con personajes y aventuras que llegan de un tiempo fantástico, que se sobrentiende pretérito, pero no histórico; un pasado que se cuela como un sueño –un humos fantástico- por los bosques y montañas, entre lengas y alerces. No una historia, más bien una ensoñación que pone los mitos en movimiento recordándose fantásticamente a sí misma. “Perdido en el tiempo –leemos en el relato- Es imposible que Tauca sepa dónde está.”. En la fantasía los mitos tuvieron su presente, su momento en que actuaban. Los mitos tienen sus leyendas no escritas que esperan ser fundadas por la literatura, agregar fantasía a la fantasía y construir sus imágenes poéticas en íconos, en representaciones visuales, que construyen su identidad y su reconocimiento.
El escenario natural, más que un decorado maravilloso, es una atmósfera que reclama otras percepciones además de la visual. Invita al olfato, ese con que Gabriela Mistral añoró estos parajes: Padre mío patagón, deudo protector cuyas resinas ya no me perfuman los hombros ni me curan los ojos que eran suyos y amaban la mirada vertical que ellos dejan caer, su dulce lanzada verde. La naturaleza nos mira y nos perfuma. En Tauca hay una búsqueda por traspasar al lector la sensación de los olores. Por ejemplo, los traucos de la pesadilla son “monstruitos hediondos”. En otro pasaje, refiriéndose al brujo, al xoon, leemos que “el viejo huele horrible porque se está muriendo” y al muchacho –en el bosque, en medio de la noche- “le parecía oler a todas las plantas del Haruwen al mismo tiempo”. Al niño lo persiguen uno perros monstruosos que “olisquearon el aire”. Y más adelante sabemos que “el aire huele a cenizas” porque presiente una erupción volcánica. En la aventura sus perseguidores se congelan de espanto cuando se dan cuenta que “casi se habían metido dentro de un edificio que olía a Hay´n”, que es el viento malo. El viento que lleva y trae todos los olores y los ecos y que le da nombre a Tauca.
Para hacer protagónico lo patagónico, los autores nos presentan el escenario y sus claves, en un relato declaradamente consciente de ser un relato. Relato de relatos porque el presentador editorial –que incluye un glosario- da paso al abuelo mítico, depositario de la memoria de su pueblo.
¿Quién cuenta, a modo de rescate, de legado? El anciano a quien ya no le queda tiempo y explica: “soy el único ser viviente capaz de contar completa la vida de mi querido nieto Tauca. No fue un mago ni un ungido, ni un santo ni un líder de ejércitos, por eso los selknam olvidaron sus hazañas… su nombre fue injustamente borrado de los anales”. El relato en off habla de este héroe que pudo ser cualquiera: “Tauca se llama el viento que sopla desde los grandes hielos y presagia tormentas…” Este es el comienzo de la saga, el nacimiento del héroe solitario: el niño selknam que, tormenta tras tormenta, se irá haciendo adulto. Tauca es un huacho, un huérfano. En el centro de la historieta está el tópico del huacho, que recorre los surcos profundos de nuestra cultura. En lo ancestral, chileno, la figura del huacho está latente. Es la marca del mestizaje y del heroísmo cotidiano. “Tauca maduró de golpe –dice el relato-, como los kelpen –los dragones- que deben cambiar rápido sus pieles pues viven en mundos feroces. Tauca empuñó su cuchillo apenas tuvo fuerzas para levantarse. Lo carcomía una rabia vieja, tal vez estaba enojado porque se crió sin padre…”.
Tauca es el viento y el eco de una historia fantástica que incluye esa rabia vieja, que no se extingue mientras existan quienes cuiden el fuego de la memoria. Cuando la oralidad ya no es posible, el eco toma la forma que mejor pueda repetir su historia, con sus mitos y leyendas. El relato gráfico-literario es una gran oportunidad para repetir y recrear magníficamente el eco.
El eco ancestral y el del escritor que asume el relato.
En los créditos de este primer libro se reivindican en líneas separadas texto y guión, lo que supone la escritura que se ve y la que no se ve; o, si prefieren, las diferentes lecturas que pide el escritor de texto y guión. Del cuento o relato literario y del cómic, la historieta que irrumpe en el libro como una digresión, como paréntesis narrativo que acude a la reconquista, reescritura, del mito. Historieta que es complemento más que suplemento en esta aventura, con la entrega de sus imágenes sugerentes, con ese vaho que cruza las ilustraciones como si el lector espiara desde la niebla; con sus nubes de tierra y cielo; con esas historias de oro inscritas en los techos y murallas que se reflejan en los cuerpos; y esa habilidad especial del dibujante para darle vida a las piedras. También están esas imágenes con tonos metálicos, ante las cuales el lector no deja de ser espectador de las destrezas gráfico-tecnológicas que intervienen el dibujo original.
En los antecedentes del oficio de los dibujantes de cómic está la entrega disciplinada de la tira diaria, de la plancha dominical, de la revista periódica. De las sagas, cuya continuación era esperada en las estaciones de trenes cuando a las provincias llegaban los paquetes con el último Peneca, el Okey u otras revistas semanales cuyas historietas eran interrumpidas con un prometedor “continuará”. Y Tauca, en su primer libro, nos deja un “continuará”. La promesa de la saga hay que cumplirla. Este primer volumen no puede ser huacho o solitario como su personaje. El personaje necesita ser adoptado, acogido, por los lectores para que sea esperado en cada uno de sus regresos. Y no hay tiempo para largas esperas. Es necesaria una latencia del personaje entre un álbum y otro, construyendo en el incremento de la colección una relación sinérgica que otorgue al lector un sentido de pertenencia a este mundo de reflexión y fantasía. En esta parte, además de autores y lectores, la aventura es principalmente de los editores. Y esta es una buena ocasión para felicitar y recordar otros esfuerzos editoriales de Javier Ferreras y, aunque sea a destiempo, en diferido, aprovecho de agradecer públicamente su labor editorial, especialmente aquella de los difíciles años ´80 en que el cómic chileno se refunda precariamente después de haber sido arrasado. Recuerdo principalmente la revista “Bandido” y su persistencia en un contexto en que las revistas difícilmente superaban los tres números. También sus incursiones editoriales de los 90. Recordando esos días, me pregunto: ¿por qué una de las principales revistas de cómic de los años 80 se llamaba “Trauko” y la revista de cómic más persistente de hoy se llama “Caleuche”? Algo misterioso pasa entre el imaginario mitológico austral y la voluntad de ser del cómic chileno. Tauca es otro ejemplo de ello.
Jorge Montealegre Iturra
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